El cambio climático podría dejarnos sin ‘la Mona Lisa’

Posteado por en Nov 30th, 2017 y almacenadas en Destacadas, LLEGÓ LA HORA, Relevantes. Puedes seguir cualquier respuesta a esta entrada a travs de la RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o trackback a esta entrada

EL PAIS

El mundo descubrió que el clima extremo era una amenaza para los museos y sus obras maestras hace 51 años. A la una de la madrugada del 4 de noviembre de 1966. El otoño había sido una infinita sucesión de días de lluvia en Florencia. Solo entre el 2 y el 3 de noviembre la ciudad acumuló un tercio de su precipitación media anual. El agua anegaba siete siglos de historia de Europa y el cauce del Arno claudicó pronto. A esa hora de la madrugada reventaron los diques de Rovezzano, un barrio al este de Florencia, y los ingenieros de Enel, la compañía pública de electricidad, tomaron la decisión “menos mala”. Las dos presas de la ciudad, sobrepasadas, corrían el riesgo de romperse y optaron por descargar 10 millones de toneladas de agua. La corriente devastó el centro de la ciudad. Al menos 100 personas murieron y 20.000 quedaron sin hogar. Pero también se destruyeron o dañaron 14.000 obras de arte, 3 millones de libros, 30 iglesias, museos y bibliotecas.

 

Esa fragilidad frente a la naturaleza agravada por el cambio climático ha vuelto a sentirse en Florencia en agosto. La ola de calor que recorría Europa obligó a cerrar durante un día la Galería de los Uffizi. En verano, una pintura necesita un entorno de 23 grados y un 55% de humedad relativa. Algo difícil de conseguir cuando fuera de las salas el mercurio marca más de 40 grados, dentro están atestadas de turistas y falla el aire acondicionado. De repente la posibilidad de dañar obras esenciales de la historia del arte pasó de pesadilla a realidad. “Todo está en riesgo. Las piezas, el edificio, las personas que dirigen o visitan el museo, incluso el futuro de la institución”, advierte Sarah Sutton, fundadora de Sustainable Museums, una firma que asesora a museos en temas de sostenibilidad.

Vivimos tiempos en los que sucede lo impensable. El Louvre soportó en julio un diluvio que inundó parte del museo y dañó dos lienzos de Nicolas Poussin. La pinacoteca sabe que juega a la ruleta rusa. Almacena —según la revista The Art Newspaper— una cuarta parte de su colección bajo tierra y cerca del Sena. Por eso ha decidido quitar las balas del tambor. El próximo año inaugura un depósito en Liévin (al norte de Francia) que concentrará 250.000 obras. Poner fin a un Louvre históricamente disperso ha costado 60 millones de euros. Dinero a cambio de tranquilidad.

Algunos museos lo saben y alzan parapetos para defender sus tesoros. Levantan muros antihumedad, utilizan embalajes a prueba de agua, ensayan prácticas de evacuación de las obras, almacenan las pinturas en niveles elevados, seleccionan localizaciones alternativas donde conservar las piezas en caso de peligro y, sobre todo, protegen el sistema de climatización. Porque suele ser lo primero que falla cuando golpea un huracán o una inundación. Ese desafío es todavía mayor si hay que proteger un valiosísimo conjunto de obras sin museo propio.

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